Por Ronald Campos Villegas
Diputado de la República por Guanacaste
Costa Rica atraviesa nuevamente un desafío que no podemos ignorar: la variabilidad climática y sus efectos directos sobre quienes producen, trabajan y sostienen la economía nacional.
El fenómeno de El Super Niño no es una discusión técnica reservada para especialistas; es una realidad que golpea comunidades, modifica ciclos productivos, reduce la disponibilidad de agua y pone en riesgo el ingreso de miles de familias costarricenses.

Durante años hemos hablado del cambio climático como un escenario futuro. Hoy debemos asumirlo como una realidad presente. Las sequías prolongadas, las alteraciones en los patrones de lluvia y los eventos extremos están transformando la forma en que producimos alimentos, gestionamos el recurso hídrico y planificamos el desarrollo territorial. La pregunta ya no es si Costa Rica enfrentará estos impactos, sino si estamos preparados para responder con responsabilidad, planificación y sentido de urgencia.
Desde Guanacaste conocemos bien esta realidad. Nuestra provincia ha aprendido, a lo largo de generaciones, que el agua no es solamente un recurso natural: es vida, producción, empleo y futuro. Cuando falta agua, no solo se afecta un cultivo o una finca; se afecta una familia, una comunidad, una cadena de valor completa y una región que depende de la actividad productiva para salir adelante.
El sector agropecuario es uno de los más afectados por estos fenómenos. Los pequeños y medianos productores enfrentan pérdidas por disminución de rendimientos, aumento en costos de producción y dificultades para mantener la competitividad. El ganadero observa cómo disminuyen las fuentes de alimentación para sus animales; el agricultor enfrenta incertidumbre sobre sus cosechas; el productor rural lucha contra condiciones que muchas veces superan su capacidad individual de respuesta.
Pero el impacto no termina en la finca. Cuando la producción nacional se debilita, también se afecta la seguridad alimentaria, los precios para los consumidores y la estabilidad económica de cientos de comunidades. Defender al productor costarricense no significa defender un sector particular; significa defender la capacidad del país de garantizar alimentos, empleo y oportunidades.
Costa Rica necesita abandonar la lógica de reaccionar únicamente cuando la emergencia ya ocurrió. Los fenómenos climáticos actuales nos exigen una visión distinta: prevención, adaptación e inversión estratégica.
El Estado debe dejar de ver la gestión del agua como una respuesta temporal a las crisis y asumirla como una política nacional de largo plazo. Necesitamos infraestructura hídrica, sistemas de almacenamiento, modernización de riego, fortalecimiento de la investigación agropecuaria y mecanismos de apoyo que permitan a nuestros productores adaptarse a una nueva realidad climática.
No podemos pedirle al productor que enfrente solo los efectos de un fenómeno global. Quien trabaja la tierra, quien genera empleo en las zonas rurales y quien mantiene activa nuestra economía merece un Estado que acompañe, planifique y resuelva.
Esa es precisamente la razón por la cual desde la Asamblea Legislativa debemos impulsar soluciones que respondan a las necesidades reales del territorio. La política no puede limitarse a discursos o diagnósticos; debe convertirse en acciones concretas que mejoren la vida de las personas.
Mi compromiso como diputado nace de escuchar estas realidades directamente de quienes las viven. Ser representante público implica entender los problemas antes de proponer soluciones. Implica caminar comunidades, conversar con productores, escuchar sus preocupaciones y traducir esas necesidades en decisiones políticas.
La experiencia de Guanacaste nos demuestra que los grandes retos no se resuelven desde una oficina, sino desde el conocimiento del territorio. Un país que quiere avanzar necesita dirigentes capaces de conectar la realidad de las comunidades con las decisiones nacionales.
Frente al fenómeno de El Super Niño y los desafíos climáticos, Costa Rica necesita construir una nueva relación con su producción nacional. Una relación basada en el reconocimiento de que nuestros agricultores, ganaderos, pescadores, emprendedores rurales y trabajadores del sector productivo no son parte del problema: son parte fundamental de la solución.
Debemos impulsar una transformación donde la tecnología, la innovación y el conocimiento científico estén al servicio de quienes producen. La adaptación climática debe convertirse en una oportunidad para modernizar nuestra economía, fortalecer nuestras regiones y generar nuevas herramientas para enfrentar los desafíos del futuro.
También debemos reconocer que la crisis climática afecta de manera desigual. Las comunidades rurales y los sectores productivos más pequeños suelen tener menos herramientas para enfrentar los impactos. Por eso la política pública debe tener rostro humano. No basta con diseñar programas generales; necesitamos soluciones diferenciadas que comprendan las particularidades de cada territorio.
El desarrollo nacional no puede medirse únicamente por indicadores macroeconómicos. También debe medirse por la capacidad de una familia productora para mantener su actividad, por la posibilidad de un joven rural de encontrar oportunidades en su comunidad y por la seguridad de que nuestros alimentos seguirán llegando a las mesas costarricenses.
Costa Rica tiene talento, conocimiento y capacidad para enfrentar estos desafíos. Lo que necesitamos es decisión política, coordinación institucional y una visión de futuro que coloque a las personas en el centro.
Como diputado, asumo la responsabilidad de defender a quienes muchas veces no tienen los espacios suficientes para ser escuchados. Mi tarea es representar sus preocupaciones, buscar soluciones y trabajar para que las instituciones respondan con mayor eficiencia ante los retos que enfrenta el país.
El fenómeno de El Super Niño nos recuerda una verdad fundamental: cuando el clima cambia, Costa Rica también debe cambiar su forma de planificar y actuar. No podemos seguir esperando que las crisis nos obliguen a movernos. Debemos adelantarnos.
Proteger a nuestros sectores productivos es proteger la esencia misma de Costa Rica. Porque detrás de cada finca, cada cosecha y cada emprendimiento hay una historia de esfuerzo, una familia y un país que quiere seguir construyendo oportunidades.
El futuro no se improvisa. Se construye con conocimiento, con justicia y con resultados. Esa es la tarea que debemos asumir.